Historias jamás contadas

Historias jamás contadas son historias, momentos y episodios en la vida de las personas que me han contado, que me llegaron de alguna manera o que pudieron haber rozado mi piel. Son historias inéditas, sencillas, emotivas y en algunos casos contienen un profundo dolor.

MARK LAUBENHEIMER PORTRAITS

Recíproco 

– … por favor, no se te vaya a ocurrir enamorarte de mi.

Ella, abrió muy grandes sus ojos asombrada por lo que acaba de escuchar y lanzó una sonora carcajada.

– ¡Qué decís, tarado. ¿De dónde sacaste que yo me puedo enamorar de vos?

Sonrió hundiendo el entrecejo y acercando su rostro al mío, divertida. Su tono era suave, amable pero firme. Me besó en los labios. Fue casi un roce, pero beso al fin. Ese roce me hizo recordar a las perras, las hembras de los perros, que tienen esa innata habilidad de suavizar disputas rozando su hocico con el macho.

De hecho, ella estaba en cuatro patas, desnuda junto a mi. Sus tetas, hermosas, colgaban en suave vaivén a cada lento paso felino acercándose sobre la cama.

– Besame… le pedí.

– ¿Qué te pasa, amoroso?, dijo con ese tono de voz que cada vez que la escuchaba hablarme así no pensaba nada más que en cogerla. Me beso tiernamente, rodeándome con su cuerpo tibio y suave, tan suave. Deslicé mis manos en su espalda y la abracé como la primera vez que la desvestí junto a mi cama.

– Mmmm…. otro día… me tengo que ir, protestó.

– Ya lo sé. Por eso te lo decía. Un día vas a querer quedarte y no sabría qué hacer contigo.

Se incorporó en rápido movimiento, cruzando una pierna sobre mi para quedar montada. Apoyó una de sus manos en mi pecho y balanceó amenazante el índice de la otra mano delante de mi cara.

– No te enamores vos de mi, ¿está claro?

Me gustaba mirarla. Moví un poco mi cadera intentando la conjunción de su sexo y el mío pero me contuvo aferrándome con sus piernas:

– No, quietito, quietito. Estamos hablando en serio -sonrió- Vos sos apenas un amante mio, casi diría que un amante bastante pasable -simuló desdén- pero nada más que eso.

Me reí, y ella me recriminó rozando con su mano mi cara a modo de cachetada:

– ¡No te rías!

– ¿Me besas otra vez?

– No, que se me hace tarde, suspiró con un mohín de desencanto.

Se estrechó a mi cuerpo mientras recogía con una mano su ropa del suelo. Me desmontó y sentada sobre la cama comenzó a ponerse las medias negras. Esas con una especie de liga a mitad del muslo. Me recosté en el respaldo de la cama para mirarla mejor. No sabría decir si era más linda con esas medias o con sus piernas desnudas.

– ¡Qué me miras tanto! Me pones nerviosa…

– Nada, es que te comparo con mujeres hermosas…

– ¡Qué te parió, boludo! Ni se te ocurra.

– Salís ganando…

– Naaaa, –sonrió- no te hagas el meloso. Los años no vienen solos. Continuó vistiéndose.

– Quien camine a tu lado en la calle tendrá suficientes motivos de orgullo.

Sonrió con la mirada perdida. Creo que algo de lo que dije tocó en ella, porque sus ojos brillaron de un modo distinto.

– En un shopping, por ejemplo, dándome los gustos, replicó.

– Quizás. Me gustaría mirarte mientras estás pegada a la vidriera como una nena en la juguetería. Caminar contigo tomándote de la cintura. Dejarte un beso sobre el hombro y decirte al oído que chanchadas se me ocurrieron hacerte en ese momento. Pero eso sí, los gastos corren por tu cuenta.

– Ah no, así no mi querido amante más o menos conveniente, así no. A una mujer se la atiende de manera completa.

– Eso no es para mi, y no es novedad. Pero, en su lugar, te puedo cocinar ese budín de frutas que tanto te gusta tomar con el café tan rico que suelo prepararte cuando te acordás de mi. Pagar por tu sonrisa es depreciarte. Lo difícil, es encantarte con nada.

– Bueno, de eso vos sabes. No tenés un peso, dijo mientras se ponía sus zapatos que representarían más o menos un mes y medio de mi trabajo.

– Eso es una aceptación de que estás encantada conmigo. ¡Muy bien!

– Dejate de joder, no dije eso. ¡Viste! Vos estás raro hoy…. sonrió.

Con ágiles trazos daba los últimos toques de delineador cuando me acerqué por detrás y la abracé. Estreché contra mi ese cuerpo menudo y estilizado dejando un beso en su cuello.

– ¡Ojo con lo que haces! Ya se me hizo muy tarde, mi marido ya debe estar por llegar.

Sin decir nada más me puse el jean, sin el calzoncillo, y el buzo por encima.

– ¿Para qué te vestís? Podías quedarte en la cama, yo ya sé como salir…

– ¿Me dejas que te acompañe hasta la puerta? Es mi manera de sentirte un poquito más…

Fijó su mirada en mi unos segundos como si no entendiera:

– ¿Es verdad eso que dijiste, del orgullo de caminar a mi lado?

– Claro… sabes que no me guardo nada contigo.

Sus ojos volvieron a brillar:

– Trata de no hacerte el pelotudo conmigo, insistió con su habitual tono suave y firme.

Estábamos de pie, a centímetros uno de otro. Me miraba seria, como si no entendiera. Desde sus tacos estaba tan alta como yo, descalzo. Por momentos parecía que de sus labios brotaría una cataratas de palabras, pero no se despegaban. No sé si no atinaba a encontrarlas o las volvía a tragar para que no se les escaparan. Dejó caer su mirada a un costado.

– ¿Y qué viste a mí?, dijo volviendo a mirarme con profundidad.

– Te vi, eso. Repliqué.

– No, contestame. Qué me viste, aparte de ser tu amante ocasional.

– Te vi muy mujer, yo qué sé. Me pone contento verte.

– ¿Eso? ¿Eso, nada más? Una mina de cuarenta y pico…

– Casi cincuenta…

– Cuarenta y pico -insistió- tres hijos con marido incluido, con las tetas cada día más abajo, con la puta celulitis en algunas partes…, enumeró a medio sonreír.

– Vos decís todo eso para intentar sacarme de tu vida, pero no te lo crees ni ahí. Sabes que estás muuuuy buena para ser una señora de tu edad. Además, me gusta tu manera de mirar.

– La puta que te parió, boludo, sus manos empujaron levemente mi pecho.

La besé y dejé mis labios sobre los suyos un instante eterno, ganándome unas marcas de rouge.

– ¡Te dije! No te acerques. Ves, ahora pareces gay con los labios pintados -sonrió- ¡Te queda bastante bien! Azuzó divertida.

¿Cuándo volveré a verte?, pregunté.

– ¡Descalzo! Se horrorizó al ver mis pies desnudos sobre el piso de baldosas.

– Es para acostumbrarme al frío de tu partida…, poetice.

– No me vengas con esas cosas… tenes que cambiar las sábanas, las dejaste hechas un asco, ironizó.

– No, las sábanas quedarán ahí porque esta noche me volveré a acostar contigo, con tu perfume, tu sudor y esas manchas húmedas que me sueles dejar…

– ¿Yo? -fingió asombro- Yo no dejé nada. En todo caso será tuyo. A mi no me sale eso… Además, tendrás que cambiarlas para que la que venga a la noche no se dé cuenta que estuviste con otra. Las mujeres nos damos cuenta de esos detalles, te lo advierto.

– A la noche, cuando apago la luz, sólo vos estás conmigo.

– ¡Qué pelotudo importante que sos mi amor!

– ¡Ah, lo estoy logrando!, te animaste a decirme mi amor, por primera vez…

– Ya es tardísimo y no quiero tener quilombos en casa…, lamentó mientras revisaba su teléfono.

– Cuando digas…

– Me voy.

Volvió a mirarme con ese aire melancólico que por momento afloraba en ella:

– El viernes estaría lindo pero es un día tan complicado… ¿el jueves, me esperarías?

– Sabes que sí.

– Igual te aviso antes. Así me tratas de conquistar con un budín de frutas mal hecho y un café insípido.

– Hay budines y cafés mucho mejores en cualquier esquina. Esos los tendrás cuando quieras. Lo que nunca podrás tener ahí afuera es ser considerada como la hembra más maravillosa que hayan visto mis ojos.

– Viste que estás raro hoy, dijo mientras me dedicaba su sonrisa más pícara y hermosa.

– Te lo dije, no te vayas a enamorar de mi, insistí.

Acarició mi mejilla con dulzura. Sus labios temblaron al abrirse pero se contuvo. Giró sin decir nada y se encaminó hasta la puerta. La seguí. Antes de abrir, me dio un beso en la mejilla y apretó muy fuerte mi mano:

– El jueves…. ¿sí?

Asentí con la cabeza. La vi subir a su coche y ponerse en marcha. Al pasar frente a mi puerta me sopló un beso intenso. Sus ojos habían vuelto a estar brillantes.

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Innecesario

Estiró su brazo y abrió el cajón de la mesita de luz. Sin dejar de mirarme, metió la mano dentro del cajón y sacó con presteza un pomo de gel lubricante. Lo dejó sobre la cama, a su lado. Ahora, en su rostro brillaba una leve y desafiante sonrisa. Con un pequeño suspiro apoyó uno de sus codos y se incorporó para buscar algo dentro del cajón. La penumbra del frío amanecer se filtraba entre las cortinas derramando grises y azules sobre nuestros cuerpos desnudos y aún húmedos tras la batalla.

Me encanta ver el cuerpo femenino en toda su naturalidad, sin pose ni preocupación. Ahora, ella pugnaba por encontrar lo que buscaba en ese cajón. Su cuerpo estirado, con un pie que giraba levemente en el aire debido al esfuerzo, la dejaba completamente expuesta a mis ojos. Disfrutaba la visión de sus nalgas redondeadas y el sexo que asomaba entre sus piernas. No sé qué buscaba pero todo parecía auspicioso a esa altura de nuestro encuentro.

Por fin, encontró lo que buscaba. Un pequeño vibrador. Se sentó en la cama, acomodando por sobre uno de sus hombros el manojo de cabellos revueltos. Quitó el tapón del pomo de lubricante y creo que leyó en mi rostro el recelo ante la aparición del objeto que ya brillaba en su mano bajo la capa de gel. Sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, se arrodilló y el leve zumbido se apagó entre las piernas, detrás de su mano. Desperdigadas a nuestro alrededor, nuestras ropas aparentaban islas de un remoto archipiélago sobre el mar caoba del piso. Reptando entre sábanas y edredón llegué al borde de la cama. Allí sentado me dediqué a identificar que era lo mío en el suelo. A mi espalda, la respiración tibia me rodeo el cuello y sus pechos se apretaron contra mi. Sentí sus nudillos frenéticos que rozaban mi cintura.

Besé uno de sus brazos y me levanté. Con lentitud recogí mis cosas y me fui vistiendo. En tanto, ella, de espaldas sobre la cama daba una silenciosa rienda suelta a su placer privado. Cerré la puerta detrás mío. Me terminé de vestir en el living y salí al frío de la madrugada. Me sentí innecesario en ese lugar.

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Marita

– Marita, ¡qué puta que sos!

El hombre negó con la cabeza y su mirada osciló entre las paredes y el techo como si buscara un apoyo en esas superficies blancas. Sus ojos brillaban como si un sentimiento profundo pugnara por desbordar:

– Todavía me acuerdo cuando te vi besando al Roberto en el baño. Vos me miraste y no dijiste nada, no te importó que yo estuviera ahí. Ya desde ese tiempo andabas con todos, yo lo sabía. Después, seguiste igual… o peor.

La mujer, sentada casi frente a él, se mantenía inmóvil con las manos cruzadas sobre la falda escuchándole en silencio.

– Todavía te veo llegar en aquella tarde ¿te acordás? ¡Qué te vas a acordar…! Tratabas de disimular pero yo sabía todo, todo Marita. A mí nunca me pudiste engañar. A otros puede ser, pero a mí nunca, nunca. Como aquella vez que entraste nerviosa y derecho al baño. Ese día supe que ya nada sería igual. Habías probado por primera vez y te gustó, ¡vaya que te gustó! Y cada vez te pusiste peor. Como aquella vez que te enfiestaste a tres tipos. Nunca tuviste ni un mínimo de vergüenza por lo que hacías, Marita. Nada te importaba. Ni el casamiento te pudo cambiar. Al poco tiempo volviste a las andadas.

El hombre pasó la mano por su barbilla y exhaló cansado:

– El divorcio fue como una puerta a más locuras. Creo que si todavía te faltaba darte algún gusto, te lo diste en esa época.

El hombre cerró los ojos, apretando sus párpados con fuerza. Dos lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas:

– En cambio yo -continuó- cumplí con todo lo que se supone que debía ser y mírame aquí… Viví una vida equivocada, no la supe vivir.

La mujer tendió con lentitud su mano y acarició los ralos cabellos del anciano. Tomó la mano de aquél hombre y la acunó entre las suyas. Se miraron en silencio:

-Fuiste una puta toda tu vida, Marita… pero fuiste feliz. Te animaste a ser feliz. Y yo, en mi cómoda cobardía de ser como los demás esperaban que fuera, nunca supe que era la felicidad.

– Papá estaría muy orgulloso de vos -lo interrumpió la mujer- como lo estamos nosotros. Cuando él faltó, vos fuiste hermano mayor y padre a la vez. Hermanito, si en algún momento de nuestras vidas fuimos libres y felices fue gracias a que vos siempre estuviste ahí, apoyándonos.

Los ancianos se abrazaron largo rato. Enjugaron sus lágrimas, sonrieron y se prometieron alegrías para el día siguiente. Ella lo miró desde la puerta. Le parecía gracioso con los pocos cabellos blancos revueltos por sus caricias y los ojos grandotes, esos que parecían agrandarse cuando estaba contento. Le sonrió, y él levantó apenas su mano diciéndole adiós.

El certificado de defunción señalaba que a las 23 horas y diez y seis minutos de esa noche, el anciano de la habitación 123 había dejado de existir.


El lector

Volví a sentarme frente a aquel hombre. Lo miré a los ojos y sentí una mezcla de culpa y vergüenza. Me miraba muy fijamente, sin mover un solo músculo de la cara, imperturbable. El rostro gris, avejentado detrás de los anteojos, era apenas iluminado por las ralas canas prolijamente peinadas. A su espalda, por la puerta abierta de la cocina, asomó la sonrisa pícara de su esposa recogiendo su bombacha. Se la calzó con energía sin dejar de sonreírme. Apenas habíamos tenido el tiempo del hervor del agua para el café. Fue suficiente.

El matrimonio me había contratado para leerles un capítulo de “Yo necesito amor” de Klaus Kinski. En él, el actor narra el desenfreno de sexo y lujuria en su vida. Durante toda la lectura mi voz se adueño del living. Ellos ocupaban justo el centro del sillón de tres cuerpos, uno muy junto al otro. Yo, casi enfrente, a un costado, leía en voz alta esforzándome para no equivocar el texto. Apenas, fugazmente durante una pausa impuesta por un punto, alzaba la vista para mirarlos. Ellos seguían allí, arrobados por mi relato y tomados de la mano.

Al culminar mi lectura, ella sonrió haciendo un suave gesto de aplaudir. Deslizó halagos por el clima que había logrado crear. Abrazó a su esposo afectuosamente y ofreció café. No me negué, lo necesitaba. Había sido un intenso esfuerzo para mi sobrellevar la lectura sin romper el clima con errores o equivocaciones. Su esposo, aparentaba una mayor edad que ella. No hablaba y casi no se movía. Solo estaba allí, inmutable. No quise ser descortés en preguntar, pero creo que él padecía una enfermedad degenerativa de la razón. Agradecí la gentileza de la invitación y me ofrecí a ayudarla. En realidad, no quería quedarme frente a ese hombre que no dejaba de mirarme sin expresión.

Encendió el fuego y colocó agua a calentar. Yo esperaba que me indicara que tazas llevar, o algo así. Entonces, giró su cabeza por sobre el hombro. Sin decir palabra, recogió su vestido sobre su muslo hasta la cadera entreabriendo sus labios. No dudé, estreché mi cuerpo contra ella mientras apretaba sus manos que asían el vestido. Soltó una de sus manos solo para colocar el dedo índice sobre los labios en señal de silencio. Mi mano se hundió en su entrepierna sintiendo la tela húmeda de la bombacha. Debajo de ella ahora mi mano abarcaba toda la plenitud de su sexo caliente, húmedo y velludo. Al penetrarla, cerró sus ojos con fuerza sosteniéndose contra la alacena. Sus mandíbulas firmes denotaban el esfuerzo por acallar los sonidos que pugnaban por escapar de sus labios. Solo se escuchaba el tintinear de algunas copas o platos desacomodados por el frenesí. Justo cuando comenzaba a elevarse la nube de vapor del agua a punto, culminamos. Me señaló unas tazas que llevé al instante hasta el living y volví a sentarme frente a aquel hombre.

Los dos nos mirábamos, escuchando de fondo los sonidos provenientes de la cocina. Por un momento me vi reflejado en esa mirada fría, inexpresiva. Era yo dentro de unos años más. Pero allí estamos frente a frente dos predadores. Uno, pugnando por sobrevivir en la dura lucha del día a día. El otro, quizás esperando el momento que las hienas se lleven su carne.

Nota: Este fragmento forma parte del libro “El lector” de próxima aparición y que será comercializado únicamente por Sentimental Man.

Nena - Sentimental ManNena

– Voy a tener que hablar muy seriamente con mi hija. Esto de que me quiera elegir candidatos me parece de muy mal gusto.

Corrió la silla y se sentó sin quitar la vista del hombre. Un tintinear de sus pulseras y abalorios acompañaba cada uno de sus movimientos. El suave y delicado perfume que la rodeaba iluminó la escena.

– Hola…, respondió él a modo de saludo y pregunta. Es que no la conocía y mucho menos tenía idea quién era ella.

Puso la pequeña cartera sobre su regazo y se recostó levemente en el respaldo, sin dejar de mirarlo:

– Vos sos la persona que me va a presentar mi hija, la descripción concuerda.

– Quizás, reconoció él con leve sonrisa.

– Es inútil, los hombres mayores no me gustan. ¿Edad?

El tono de suficiencia y el leve rictus en sus labios denotaba dos cosas: que contaba varios viajes de placer a Europa y que en el amor no le había ido nada bien.

– Sesenta y dos.

– ¡Ah! Sos más o menos de mi edad, mintió acusando el impacto.

Tardó dos segundos en recobrarse:

– Pareces diez años menos. Te mantienes bien y eso habla bien de vos. Pero no alcanza… si tuvieras cuarenta, cuarenta y cinco, podría ser. Pero con sesenta y dos sos muy viejo para mi. Si yo meto un hombre en mi cama es para gozar, no para lamentarme. ¿Tomás algo para poder…?

él negó con un gesto.

Ella rió divertida mirando al cielo:

– ¡No me digas!, y volvió a reír, hiriente.

– ¿Y qué te hizo pensar que yo podría interesarme en vos?

El hombre encogió levemente sus hombros a modo de respuesta.

– Nena… traeme un jugo de naranjas, por favor. -Interrumpió para interceptar a la mesera que pasaba a su lado- Con hielo, agregó con voz firme y ya sin mirarla.

– A mi los hombres me gustan morochos, de ojos claros, musculosos y bien dotados. Los rubios me parecen insulsos.

El hombre volvió a sonreír sin despegar sus labios.

– No me quiero vanagloriar, pero no cualquier hombre está a mi altura en la cama. Mi hija es igual, salió a mi. Hace poco dejó al marido y ahora consiguió un tipo que parece le da lo que estaba necesitando.

– ¿A qué te dedicas?

– ¡Hola…!

La sonrisa de la joven interrumpió el diálogo.

– ¡Qué lindo que ya se están conociendo!

La joven se inclinó y apretó tiernamente sus labios sobre los del hombre.

– Nena…

– Por eso te pedí que vinieras, mamá. Te presento a mi novio.

Sentimental Man - FlashFlash

La mirada de ella se mantuvo un instante en el aire. El tiempo mínimo y suficiente en que las mujeres saben demostrar interés. Esa mirada no es para mi, intentó defenderse. El mozo se retiró con el pedido y él volvió a mirar hacia la mesa desde donde partió la mirada. Esta vez, la espalda del hombre que le acompañaba la ocultaba de su vista. Sobre la mesa, detrás de los pocillos, alcanzaba a ver sus manos delicadas y moviéndose con suavidad. De improviso, sus ojos negros emergieron por sobre el hombro de su acompañante. Sintió cierta incomodidad al verse sorprendido de esa manera.

La tercera mirada fue demasiado ostensible. Si el hombre se daba cuenta habría problemas. Prefirió desentenderse concentrándose en su agenda. Bebió un sorbo de su café y realizó algunas anotaciones. Alzó su vista cuando ella estaba casi a su lado. Sin mirarlo, dejó una servilleta doblada sobre su mesa. Él la tomó con rapidez pero no la suficiente. El mozo había detectado toda la jugada y lo miraba interesado. Colocó la servilleta entre las hojas y leyó la secuencia de números. Cerró la agenda cuando ella regresaba del lavabo pasando a su lado. No hubo nuevas miradas hasta que ellos se retiraron del bar. Ella se quedó un paso detrás del hombre, para reafirmar el silencioso acuerdo tácito asintiendo levemente con su cabeza.

La cita era esa misma noche en una antigua y distinguida casona del barrio de Caballito. Le había dicho que los hijos partían de vacaciones y que estaría sola. Nada dijo del hombre que le acompañaba. Tocó el timbre todavía pensando si hacía bien. Se arriesgaba a un par de tiros o quien sabe que cosas peores. No había avisado a nadie donde estaría esa noche. Estaba en esas dudas cuando la puerta se abrió y ella emergió sonriente. Era algo más baja que lo que creía. Enfundada en un vestido negro que insistía en ceñírsele al cuerpo le dio la bienvenida. Su voz cantarina y libre denotaba que estaban solos. Tomaron una copa de vino en el living hablando tonterías pero sin referirse al episodio del bar. A él le llamó la atención cuando preguntó:

– ¿Te gustan los tríos?

– No, respondió con naturalidad.

– ¡Ah, sos un tradicional! Sonrió ella y no le dio importancia.

Unos minutos después, pidió permiso y subió por una escalera de finas maderas. Él se quedó solo, en esa casa extraña y preguntándose todavía qué estaba haciendo allí. Recordó que ella había echado dos vueltas de llave a la puerta de calle. No había marcha atrás. Ella regresó y continuaron bebiendo hasta que ella le dio un beso en la mejilla. Acarició su rostro y volvió a besarle, esta vez en la boca. Era agradable, suave y perfumada. Besaba con pasión y sus manos eran certeras para encontrar lo que buscaban.

– Vamos…, invitó con suavidad.

Le tomó suavemente de la mano y le guió por la escalera de finas maderas que crujió levemente al paso de los dos. Dos puertas, una cerrada y en la otra una cama matrimonial perfectamente tendida. Se sentaron al borde de la cama y continuaron besándose. Al caer su vestido al suelo comprobó la belleza de su cuerpo. No era exuberante, era linda. En el fragor de la pasión creyó ver que fugazmente se iluminaba la habitación. Continuó dedicado en ella hasta que volvió a ver, esta vez nítidamente, el disparo de un flash. A pesar de ello no se detenía y ella tampoco le dejaba opciones con su ansiosa demanda.

Ahora, él sumergido en sus muslos esperaba captar el origen del flash. Nada. Luego, ella ofreció su hermosa espalda y él se sintió el hombre más afortunado del mundo, hasta el flash. Arrodillado detrás de ella y tomándola de la cintura la luz del flash le estalló en la cara. Desde el placard levemente entreabierto alguien tomaba fotografías. Los disparos del flash se sucedieron ya sin disimulo. En un momento, la explosión de luz dibujó el rostro del hombre que le acompañaba en el bar. Entonces él entendió. Entendió el sentido de la pregunta en el living.

Licencia Creative Commons Sentimental Man por Walter Raymond se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional. Basada en una obra en https://hombresentimental.wordpress.com/. Todos los derechos reservados.

Tequila - Sentimental ManTequila

– La “chiquita” vino, corrió la silla, se sentó y con un golpe seco sobre la mesa dejó dos copas de tembloroso tequila. ¿Te imaginas?

– ¿Entonces…?

Nada, no era siquiera linda y los tacos apenas la ayudaban a alcanzar 1,58. Pero ahí estaba, con sus ojos negros chispeantes, tetas abundantes y caderas anchas que no hacían juego con el corte asimétrico con toques de rubio que intentaba aportarle algo de modernidad. Solo sonrió, y sin dejar de mirarme se mandó de una el tequila. ¡De un trago! Yo no sabía que hacer.

-¿Y?

Nada, sin hablar una sola palabra se mandó el otro. ¡De una también! Esta vez mirando al techo. Bajo la copa golpeándola con fuerza sobre la madera de la mesa y ahí recién me habló:

– Sácame de aquí.

– ¿Y vos?

– Perdido, imagínate, no sabía qué hacer.  Sin pensarlo, le hice seña a la mesera y apareció con dos tequilas, limón y sal.

– ¿Tomaste?

– Se los tomó ella.

Bajo la mirada y aceptó:

– Entonces la saqué de allí.

No fue necesario preguntarle más. Consternado confesó el motivo de su preocupación:

– Lo que pasa es que cuando se despertó, levantó la cabeza de la almohada y me miró como extrañada. Sus ojos negros asomaban entrecerrados entre el pelo revuelto. Enseguida volvió a hundirse en la almohada. Desde allí me dijo con voz cansada:

– El día no te favorece. Anoche parecías un tipo joven.

Sentimental Man

Efímera. Sentimental Man.Efímera

Dicen que las noches en Palermo Soho son encantadoras. Al menos, ese fue el influjo que sintieron los dos. Ella a punto de dejar Argentina y él regresando de una cita equivocada.

Dicen que con mirarse una vez fue suficiente. Él supo de su aceptación y ella de su predisposición. No está muy claro que ocurrió después. Si ella abandonó la mesa de amigas con una excusa tonta o él pidió algo para sentarse en la barra. Lo cierto es que él la contuvo camino al baño y allí, de pie, se hablaron por primera vez. Ella en un atropellado español y él intentando recordar su fallido francés. Mejor era reírse y mirarse y eso fue lo que hicieron.

Poco después caminaban despacio, sin rumbo, por las pobladas veredas de Palermo Soho. La media lengua de los dos parecía insuficiente para explicar qué hacían allí. Dos desconocidos, él tomándole de la cintura y ella acompasando sus pasos a los suyos.No se sabe que ocurrió después con ellos dos. Lo cierto, es que un día él encontró estos atropellados versos que le había escrito:

Efímera

Quizás deberías saber

que en este lugar del mundo

aún persiste el sabor excitante,

breve y fugaz de tus labios.

Quizás deberías saber,

Que con solo cerrar mis ojos

evoco tu vaivén desenfrenado

cabalgando en desmesura.

Quizás deberías saber

Que tu última noche argentina

dejo para siempre en mi

el vértigo de tu perfume francés.

Quizás deberías saber

que ya en tu noche parisina

en Argentina alguien te extraña

aún sabiendo que eras efímera.

Fotografía Walter Raymond

Fotografía Walter Raymond

Reportera

Aquel día, ella se distinguía entre toda la gente presente en la embajada. Alta, esbelta es su tailleur y con ese aire entre simple y distinguido que suelen ofrecer las modelos de Calvin Klein. Yo simulaba buscar un ángulo propicio para mis fotografías, pero en realidad aspiraba a tener un mejor panorama de sus piernas y figura. Era hermosa, me entretuve en su belleza hasta que su mirada me sorprendió como a un ladrón in fraganti. Fue apenas un instante, que alcanzó para notar el leve sobresalto en su mirada.

La acompañaban tres personas, dos mujeres y un joven. Parecían ser asistentes por lo atentos que estaban a sus palabras y gestos. Tranquilamente podía ser una de las personalidades invitadas, pero sobre su pecho lucía la misma acreditación de prensa que yo. Cada tanto, ella ingresaba al baño con una de las asistentes. Los otros dos se quedaban cerca de la puerta. Comenzaron los discursos y aplausos, no presté atención y solo tomé fotografías al azar junto a varios folletos para luego poder escribir algo. Mi obsesión era ella. Cuando fue a buscar un bocadillo tuve mi oportunidad de atravesar el cerco de sus asistentes. Al darse vuelta se encontró con mi sonrisa.

– Quiero salir de aquí tomado de tu mano…

Ella abrió muy grandes sus ojos y palideció. Temí que hiciera un escándalo, pero no. Apenas esbozó algo así como una muy leve sonrisa y bajo la mirada sin decir nada. Ya estaban a nuestro lado los asistentes. El joven me dedicó una leve inclinación de cabeza, entre cómplice y disculpándose. Atiné a darle mi tarjeta personal antes que se retirara. Todo ocurrió en instantes y en silencio. Enseguida ingresó al baño acompañada de una asistente. El resto de la jornada ella evitó cruzar su mirada conmigo. Salvo al final, antes de irse. Me buscó hasta encontrarnos a la distancia. Nos miramos hasta que una sombra cruzó su cara. No volví a verla.

Tres meses después me llegó un correo, era su asistente. Me explicaba que cumplía con la última voluntad de ella que fue entregarme un beso después que se hubiera ido. Luego, me informaba que ella padecía una enfermedad terminal y que pocos días después de lo de la embajada fue internada para no abandonar el hospital. Que ellos, eran en realidad su médico personal y dos enfermeras, que cada 15 minutos le suministraban oxígeno para que continuara en pie. Contó también que ella sufrió en silencio y con una gran dignidad su dolor. Y que antes de perder el conocimiento me escribió una nota, que adjuntaba.

En ella me agradecía que le hubiera hecho sentir tan bien con mi galantería. Que encantada hubiera salido de la embajada tomada de mi mano pero que le aterraba que supiera su verdad. Firmaba con un beso desdibujado. Confieso que ese día lloré amargamente por ella.

Foto gentileza photl.com/

Foto gentileza photl.com/

                                           Ella…

Ella no lo supo hasta mucho tiempo después. Dicen, que cuando se enteró se quedó callada durante un largo rato. Antes que asomaran sus lágrimas, se levantó y salió al jardín. Al regresar no dijo una sola palabra ni volvió a hablar con alguien de ese tema.

Durante las mañanas, en la tenue luz azulada del amanecer, él solía mirar extasiado su espalda desnuda en la penumbra. Miraba su cabello enredado sobre la almohada conteniéndose para no acariciarlo. Deseaba intensamente llevar sus labios hasta esa espalda tibia embebiendo sus sentidos en el cálido aroma de mujer – hembra. Luego dejar que sus labios y besos recorrieran la sinuosidad de sus formas en libertad. Pero temía despertarla y se contentaba con solo mirarla.

Se quedaba mirándola durante largo rato, percibiendo el suave movimiento acompasado de su respiración. Nunca supo cuanto tiempo pasaba así. Pero cuando el sol entraba en la habitación para acariciar sus párpados, despertándola, el fingía dormir. Adivinando sus ojos entreabiertos y manteniéndose muy quieta, para que él no se despertara.

Nunca supieron de ese juego silencioso, de uno para con el otro. Lo que ella si sabía, era que en cada mañana el amor la despertaba con un beso suave y húmedo en su espalda. Con caricias en su pelo y ese cuerpo masculino rodeando el suyo para amarla como aquella primera vez.  Por eso, cuando lo supo, ella se quedó callada. Ese hombre, mucho mayor que ella, había sido capaz de amarla como ningún otro hombre luego pudo alcanzar.

 

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