El ángel oscuro de la Plaza Almagro

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Era la primavera del 73. Todavía arrastraba la severa hambruna invernal apenas alternada de escasos, esporádicos y de alto riesgo episodios de comida. Por ese entonces aún dormía en bancos de plazas y portales. Algunas veces dormitaba en el nocturno ida y vuelta del tren Sarmiento entre las estaciones Once y Moreno. Ida y vuelta, ida y vuelta hasta amanecer. En esa época todavía se podía dormir en el tren sin ser robado o perder la vida. Eso sí, lo hacía aferrado al bolso con mis escasas pertenencias.

Durante una de mis cotidianas recorridas por el centro de Buenos Aires buscando una changa, trabajo o algo para comer me encontré con ella. Verla fue una de las escasas alegrías que tuve ese año. Nunca fuimos más que amigos del barrio pero fue muy lindo encontrar un rostro conocido que me sonriera. Hacía ya varios meses que galgueaba por la ciudad desde mi desolado arribo un anochecer de llovizna y frío. Yo era una parte infinitesimal del malón de uruguayos que salía del país para enfrentar su destino. Nos abrazamos con alegría sincera y caminamos lento por la avenida Corrientes. Ninguno de los dos tenía un peso como para invitar a tomar un café.

Después siguieron varios encuentros más. Ella había perdido la candidez de colegiala que aún le recordaba. Algo había pasado entre el tiempo del colegio de moñas azules y nuestros impetuosos diez y nueve años. Su rostro alargado y con grandes dientes que asomaban apenas aparecía su sonrisa plena ahora lucía endurecido y seco. Sus vivaces grandes ojos negros no paraban de escudriñar todo lo que ocurría a nuestro alrededor. Vestía las ropas comunes y de tonos oscuros que el manual de guerrilla urbana recomendaba. Algunas veces, durante nuestras largas caminatas me hacía preguntas raras. Recuerdo que un día soltó; ¿Qué extrañas más… aparte de comer? Otro día, preguntó como al pasar cuál era mi postre favorito. A veces, mientras caminábamos, aparecían dos o tres personas que conversaban brevemente con ella. Me observaban sin hablarme y luego partían. Ella decía que eran amigos lejanos y que se encontraban de casualidad. En esa época caminar por la avenida Corrientes era la salida obligada y lugar de encuentro de los mal pensantes como nosotros. Yo me hacía el bobo y callaba. Me mostraba y sus “amigos” me evaluaban. Tiempos de desconfianzas y riesgos donde “te la daban” por la simple sospecha de ser “servicio” o “trosko”.

Una madrugada de cansancios me confió que le gustaría que durmiéramos juntos. Lamentó estar alojándose en un hotel de señoritas donde mi ingreso sería imposible. Juntos pensamos dónde y cuánto pero no se nos ocurría nada posible. Sugerí los yuyos de la plaza Almagro o uno de los portales oscuros donde dormía, pero se negó a tamaño riesgo. Tuvimos algunos toqueteos aunque la verdad era que ella no me atraía. Más por calentura de meses dedicados a sobrevivir que por deseo. Sus tetas eran pequeñas y su cintura ya comenzaba a esfumarse entre rollos pero me sonreía y eso me gustaba. Después bromeábamos olvidando la gris ciudad por un momento para regresar a aquellos tiempos de colegiales t guardapolvos blancos con moñas azules riendo camino de la escuela. Aunque parezca poco ese simple hecho nos reconfortaba y sentíamos algo parecido a la felicidad. Tan necesitados de afecto y ternura que andábamos.

Un día quedamos de encontrarnos a la semana siguiente. La cita era a las cinco de la tarde en la Plaza Almagro. Comentó que era más o menos cerca de donde se alojaba pero nunca me confió la dirección. Nuestro único nexo eran esas citas y encuentros. Tiempos en que no había teléfonos, direcciones o esas cosas tan comunes hoy. Fallar a una cita era perder el contacto, quizás para siempre. La tarde señalada apareció sonriendo por el sendero de la plaza. Siempre con su vestimenta oscura, pero esta vez con un pequeño bolso negro colgando del hombro. Yo hacía horas que la esperaba en el banco más distante, ese que aún está sobre la esquina de Salguero y Sarmiento.

Sonreía, conmigo siempre sonreía. Se sentó a mi lado y me dio un beso. Abrió el bolso y sacó un frasco de dulce de leche y varias bananas. Para vos, me dijo. Viste que me acuerdo del postre que más te gusta, y sonrió otra vez. Por primera vez, en meses, tenía en mis manos un enorme frasco de dulce de leche ¡y bananas! Quiero que te des el gusto, me animó. Me miraba comer con la grosera fruición del hambriento. Parecía disfrutarlo tanto como yo. Esa tarde se quedó poco tiempo conmigo. Anuncio que tenía que irse y note que apretaba sus muelas, tensa y huidiza. Acordamos un nuevo encuentro para dos días después en ese mismo banco y a la misma hora.

Por alguna razón que no recuerdo no fui a la cita. Tampoco sé si ella lo hizo. Nunca más supe de “Diente”, tal como le decíamos en el barrio. Años más tarde cuando ya había pasado la tormenta en el país y en mi vida la busque en las listas de desaparecidos, nada. Sin embargo siempre estará “Diente” en mi corazón. Aquel ángel oscuro y sonriente de la Plaza Almagro. Algunas veces, caminando por El Abasto la recuerdo. Un ángel oscuro cargado de dulce de leche que llegó justo a tiempo y se fue cuando todo parecía perdido.

Walter Raymond

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