Perros, gatos y hombres

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Hace algunos años, ante la mirada entre azorada y divertida de una amiga, comenté mi teoría sobre que los hombres casados, en pareja o en convivencia adoptan actitudes y costumbres similares a los perros domésticos. En paralelo, la teoría se extiende a las actitudes y costumbres de los gatos en consonancia con los amantes, amigos con derechos u otras aproximaciones íntimas.

La hora del perro

Mi apreciación se origina en que los perros son una excelente compañía para una mujer. Aportan compañía, seguridad y la ternura tan necesaria de cada día. Pero al mismo tiempo requieren de atención constante. Exigen regularidad y previsibilidad en los actos cotidianos e incorporan cómodas (para él) rutinas que suelen trastocar la vida de su cuidadora. Un ejemplo; tener que sacarlo a hacer sus necesidades a la hora en que está más lindo quedarse en la cama.

Los gatos, en cambio, son independientes y no requieren de una dedicación tan puntual ni obsesiva. Basta con asignarles un lugar cómodo, algo de comida y mínima atención. En contraposición suelen mostrarse distantes y acuden al llamado cuando ellos quieren, más o menos como los amantes. Pero, cuando al fin se produce el momento mágico de confluencia con su cuidadora, aportan momentos de recordable ternura. Lo destacable es que ella no sólo se resigna a esos esporádicos acercamientos sino que además los considera maravillosos. Pregúntele a una mujer por su gato y luego por su amante, hablará de ellos indistintamente con la misma devoción.

Gato no es igual a “gato”

Corresponde detenerse un instante en el significado o utilización del término “gato”. Es utilizado para señalara una mujer joven y de muy buena apariencia que accede a prestar servicios sexuales a cambio de dinero, bienes y/o mejor calidad de vida. Debe mencionarse que también es utilizado en el “argot” argentino como adjetivo despectivo hacia otro hombre. Es interesante observar que ante la presencia o mención de un “gato” femenino, hombres y mujeres reaccionan de manera ambivalente. Las mujeres la señalarán y hablarán de ella con desdén y hasta con desprecio aunque dejando evidenciar cierta admiración por su elegancia, atributos u otros detalles. También, pero de manera encubierta, cierta envidia. Los hombres, por su parte, se referirán al “gato” de modo degradante pero incorporando evaluaciones muy positivas a su voluptuosidad y un dejo de frustración por no disponer de capital para invertir.

Momentos en la vida

En definitiva, que un hombre represente ser perro o gato de una mujer no es ni bueno ni malo. Simplemente es una situación, un momento en la vida del varón y de la mujer donde confluyen sus intereses. De hecho, la enorme mayoría de los hombres hemos sido a lo largo de nuestras vidas alternativamente perros, gatos e incluso ambas cosas a la vez. No es algo que debiera ser cuestionado, salvo cuando el varón pretende ser perro para toda la vida supeditando todo a sus gustos y necesidades. Quizás sea esa la razón de porque muchas cuidadoras incorporan un gato (a veces varios) a sus cuidados. Una manera de no perder las ventajas del cariño perruno pero compensando las molestias que tal dedicación requiere.

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