¡Cómo estamos hoy!

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– ¿Nunca viste unas tetas?

Desde el balcón de enfrente la mujer me increpaba. Yo estaba en mi terraza acodado sobre el muro mirando hacia la calle. Suelo hacerlo. Es una manera de cambiar de aire luego de estar escribiendo durante horas. Es cierto que le mire las tetas, hubiera sido imposible no hacerlo. Ella acomodaba unas plantas apenas vestida como un remerón enorme y pantaloncitos a finas rayas moradas y blancas. Al inclinarse para mover una maceta el remerón dejó ver sus dos lindas tetas colgando como gotas a punto de caer. Fue cuando levantó la cabeza y me pescó ensimismado en ellas.

Parecía enojada por mi inocencia. La miré con cara de nada. Tampoco era para tanto, pero ella insistió:

– ¡Pajero! Viejo pajero, gritó.

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Tendría unos treinta años, o muy pocos más. No era fea y tenía un cuerpo agradable. Se había mudado hace poco a ese departamento. Hice como si no la hubiera escuchado y continué observando la calle y a las pocas personas que pasaban. Era una linda mañana. Con las vecinas yo no me meto. Es para lío. A lo sumo, a las que están buenas, cuando me cruzo con ellas en la calle o supermercado, les dedico una expresiva y fugaz mirada y espero. Usted las ve así, tan señoras pero son muy pillas. Si les gusta, ya se encargarán de dar muestras de su aceptación. De lo contrario todo sigue igual, buenos días, buenas tardes y punto.

– ¡Cuánto hará que vos no ves una concha!

La voz aguda cruzó la calle y me pegó en la cara. Levanté la cabeza para verla sentada en el sillón de jardín de plástico blanco, al lado de la mesita donde solía desayunar cuando hacía buen tiempo. En su mano izquierda bailoteaba el pantaloncito a rayas colgando de un dedo. Cuando obtuvo mi mirada, con la derecha levantó un poco la remera al tiempo que habría exageradamente sus piernas dejando a la vista su sexo rosado y abierto coronado por un bien delineado penacho entre rubio y castaño. Si hay algo que todavía mantengo bien es la vista. Sólo utilizo anteojos para leer o escribir. Demasiado guaranga, pensé. Esta mina está rayada o quiere armar quilombo. Mejor me voy.

A los dos días veo que se detiene un patrullero frente a mi casa. Se baja un policía y toca el timbre. Lo atiendo por la ventana. Me pregunta el nombre y si vivo en la casa, agrega si viven otras personas. Contestó negativamente, entonces me informa que tengo que concurrir a la comisaría para notificarme por una denuncia contra mi persona.

-¿Denuncia?

– Si, parece que usted anda molestando a los vecinos.

– ¿Pero quién me denuncia?

– No sé, mire. Preséntese sino lo venimos a buscar.

¡La puta madre que la parió a la loca esa! Maldije cuando se fueron. ¡Una denuncia por nada! Me presenté en la comisaria. En efecto, un femenino, no quisieron darme el nombre, había radicado una denuncia contra mi por acoso. ¡Por acoso! Pedí realizar mi descargo y no me dejaron. Si quería, dijeron, podía hacer una nota y presentarla. Los policías me miraban en silencio como a un degenerado, violador o quién sabe que tipo de monstruo. Regresé a casa para hacer la nota masticando rabia y decepción. Ese tipo de cosas no me gustan, me hacen mal. Era una situación injusta, ni siquiera le había hablado o contestado. Escribí con ganas. Detallé de manera muy minuciosa todo lo ocurrido aquella mañana en la terraza. Volví a la comisaría, presenté la nota y me traje una copia firmada. Además, por las dudas, dejé asentada una denuncia por calumnias. Por si las cosas se complicaban. Me di cuenta que si los vecinos sabían o averiguaban lo de la denuncia pasaría a ser un criminal sospechoso para todo el resto de mi vida. ¡Qué mina de mierda!

Dos o tres semanas más tarde subí a la terraza con mi cámara fotográfica. Cuando comienza a caer el sol los pájaros se dejan ver y yo aprovecho para fotografiarlos. Especialmente los colibríes, que suelen posarse un instante y me permiten obtener fotos fantásticas. Enfrente estaba la loca. Parecía que recién se había bañado o algo así. Lo digo por la toalla con la que envolvía su cabeza. Estaba entretenida regando las plantas y no me había visto. Al lado de ella un hombre, que calculé sería el marido o novio. Le hablaba pero ella parecía no escucharlo. Me escurrí lejos de su vista. Un par de veces más la volví a ver y siempre con esos toallones en la cabeza. Tenía algo raro, no sabría describirlo pero había algo en ella muy diferente a la de aquella mañana que abrió sus piernas. Un día, sin querer, volvimos a cruzar nuestras miradas. Ella con su habitual turbante además de más flaca, parecía no reconocerme. Nos miramos un instante con mi corazón a mil pero nada pasó. ¿Habrá levantado la denuncia? La última vez que recuerdo haberla visto fue una noche que subí a mirar las estrellas. En la noche, su ventanal iluminado parecía una enorme pantalla. De pronto, atravesó el living solitario con su ya eterno turbante de toalla. ¡Qué jodida había sido!, sonreí.

Me olvidé del tema y de ella. Un día, al pasar junto a un par de comadres callejeras escuché que comentaban:

– ¡Ay, pobrecita! Tan joven que era.

La mujer lo dijo estirando exageradamente las letras “o” de joven y la “e” de era. Muy al estilo “vecina”.

– ¡Lo que habrá sido para esa madre!, replicó la otra.

– El cáncer, vio. Contra eso nada podemos hacer…

No sé por qué relacioné esos comentarios con la “loca” de enfrente. Ingresé a casa y subí corriendo a la terraza. Las plantas que ella regaba con dedicación estaban mustias. El balcón aparecía ahora cubierto de ese fino polvo que da el olvido. Las cortinas cerradas parecían sucias, tristes. Unos días después, una señora de cabellos rubios y gesto cansado estaba en el balcón. Junto a ella, una mujer de baja estatura con atuendo de limpiadora.

Bajé las escaleras despacio. Ahora comenzaba a entender.  Comprendí a la “loca”, o mejor la mujer que yo creía loca. Comprendí sus ganas de gritar, su desesperación y miedos.  Entendí sus ganas de llorar, sus resentimientos y los turbantes para ocultar los desastres de la quimioterapia. Me sentí estúpido, muy estúpido. Ella, a su manera y como pudo, me pidió auxilio a través de la calle y yo no supe escucharla. Nosotros, los humanos, y nuestra manifiesta incapacidad de comunicarnos.

Walter Raymond

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2 comentarios en “¡Cómo estamos hoy!

  1. Preciosa historia que demuestra que generalmente las apariencias engañan y que solemos juzgar de forma automática. A veces no entendemos a la desesperación, de igual forma que no entendemos un idioma. Parecen solo contar los gestos, pero siempre hay algo detrás, todo suele tener explicación, motivo, pero no sabemos verlo desde nuestra manifiesta incapacidad de comunicarnos. Es precioso. Gracias por compartirlo. Un abrazo.

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  2. Siempre digo que el problema mayor de los seres humanos es la falta de comunicacion, que, lamentablemente, va en aumento en la era cibernetica. Tanto mas facil seria en vez de suponer, preguntar, se aclararian o incluso podrian solucionarse mejor los problemas, ademas se evitarian sufrimientos innecesarios.

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