Recíproco

MARK LAUBENHEIMER PORTRAITS

Recíproco 

– … por favor, no se te vaya a ocurrir enamorarte de mi.

Ella, abrió muy grandes sus ojos asombrada ante lo que acababa de escuchar y lanzó una sonora carcajada.

– ¡Qué decís, tarado. ¿De dónde sacaste que yo me puedo enamorar de vos?

Sonrió hundiendo el entrecejo y acercando su rostro al mío, divertida. Su tono era suave, amable pero firme. Me besó en los labios. Fue casi un roce, pero beso al fin. Ese roce me hizo recordar a las perras, las hembras de los perros, que tienen esa innata habilidad de suavizar disputas rozando su hocico con el macho.

De hecho, ella estaba en cuatro patas, desnuda junto a mi. Sus tetas, hermosas, colgaban en suave vaivén a cada lento paso felino acercándose sobre la cama.

– Besame… le pedí.

– ¿Qué te pasa, amoroso?, dijo con ese tono de voz que cada vez que la escuchaba hablarme así no pensaba nada más que en cogerla. Me beso tiernamente rodeándome con su cuerpo tibio y suave, tan suave. Deslicé mis manos en su espalda y la abracé como la primera vez que la desvestí, junto a mi cama.

– Mmmm…. otro día… me tengo que ir, protestó.

– Ya lo sé. Por eso te lo decía. Un día vas a querer quedarte y no sabría qué hacer contigo.

Se incorporó en rápido movimiento, cruzó una pierna sobre mi para quedar montada y apoyó una de sus manos en mi pecho. Balanceó amenazante el índice de la otra mano delante de mi cara.

– No te enamores vos de mi, ¿está claro?

Me gustaba mirarla. Moví un poco mi cadera intentando la conjunción de su sexo y el mío pero me contuvo aferrándome con sus piernas:

– No, quietito, quietito. Estamos hablando en serio -sonrió- Vos sos apenas un amante mio, casi diría que un amante bastante pasable -simuló desdén- pero nada más que eso.

Reí, y ella me recriminó rozando mi cara con su mano a modo de suave cachetada:

– ¡No te rías!

– ¿Me besas otra vez?, clamé.

– No, que se me hace tarde, suspiró con un mohín de desencanto.

Se estrechó a mi cuerpo para recoger con una mano su ropa del suelo. Luego desmontó y se sentó sobre la cama. Comenzó a ponerse las medias negras, esas con una especie de liga a mitad del muslo. Me recosté en el respaldo de la cama para mirarla mejor. No sabría decir si era más linda con esas medias o con sus piernas desnudas.

– ¡Qué me miras tanto! Me pones nerviosa…

– Nada, es que te comparo con mujeres hermosas…

– ¡Qué te parió, boludo! Ni se te ocurra.

– Salís ganando…

– Naaaa, –sonrió- no te hagas el meloso. Los años no vienen solos. Continuó vistiéndose.

– Quien camine a tu lado en la calle tendrá suficientes motivos de orgullo.

Sonrió con la mirada perdida. Creo que algo de lo que dije tocó en ella, porque sus ojos brillaron de un modo distinto.

– En un shopping, por ejemplo, dándome los gustos, replicó.

– Quizás. Me gustaría mirarte mientras estás pegada a la vidriera como una nena en la juguetería. Caminar contigo tomándote de la cintura. Dejarte un beso sobre el hombro y decirte al oído que chanchadas se me ocurrieron hacerte en ese momento. Pero eso sí, los gastos corren por tu cuenta.

– Ah no, así no mi querido amante más o menos conveniente, así no. A una mujer se la atiende de manera completa.

– Eso no es para mi, y no es novedad. Pero, en su lugar, te puedo cocinar ese budín de frutas que tanto te gusta con el café que suelo prepararte cuando te acordás de mi. Pagar por tu sonrisa es depreciarte. Lo difícil es encantarte con nada.

– Bueno, de eso vos sabes, no tenés un peso, dijo mientras se ponía sus zapatos que representarían más o menos un mes y medio de mi trabajo.

– Eso es una aceptación de que estás encantada conmigo. ¡Muy bien!

– Dejate de joder, no dije eso. ¡Viste! Vos estás raro hoy…. sonrió.

Con ágiles trazos daba los últimos toques de delineador cuando me acerqué por detrás y la abracé. Estreché contra mi ese cuerpo menudo y estilizado dejando un beso en su cuello. Era tan lindo sentirla, pero no quería decírselo.

– ¡Ojo con lo que haces! No me desarregles que ya se me hizo muy tarde. Mi marido ya debe estar por llegar.

Me aparte de ella. Calcé el jean de apuro, sin el calzoncillo y apenas el buzo por encima.

– ¿Para qué te vestís? Podías quedarte en la cama, yo ya sé como salir…

– ¿Me dejas que te acompañe hasta la puerta? Es mi manera de sentirte un poquito más…

Fijó su mirada en mi unos segundos como si no entendiera:

– ¿Es verdad eso que dijiste, del orgullo de caminar a mi lado?

– Claro… sabes que no me guardo nada contigo.

Sus ojos volvieron a brillar:

– Trata de no hacerte el pelotudo conmigo, insistió con su habitual tono suave y firme.

Estábamos de pie, a centímetros uno de otro. Me miraba seria, como si no entendiera. Desde sus tacos estaba tan alta como yo, descalzo. Por momentos parecía que sus labios se abrirían en una cataratas de palabras, pero no se despegaban. No sé si no atinaba a encontrarlas o las volvía a tragar para que no se les escaparan. Dejó caer su mirada a un costado.

– ¿Y qué viste en mí?, dijo retornando su mirada que intentaba calar hasta mis más profundos pensamientos.

– Te vi, solamente.

– No, contestame. Qué me viste, aparte de ser tu amante ocasional.

– Te vi muy mujer, yo qué sé. Me pone contento verte, mentí.

– ¿Eso? ¿Eso, nada más? Una mina de cuarenta y pico…

– Casi cincuenta…

– Cuarenta y pico -insistió- tres hijos con marido incluido, con las tetas cada día más abajo, con la puta celulitis en algunas partes…, enumeró a medio sonreír.

– Vos decís todo eso para intentar sacarme de tu vida, pero no te lo crees ni ahí. Sabes que estás muuuuy buena para ser una señora de tu edad. Además, me gusta tu manera de mirar.

– La puta que te parió, boludo, sus manos empujaron levemente mi pecho. Una señora de mi edad tiene mucho por dar…

– Eso ya lo sé. Lo que me toca a mí es sublime.

La besé y dejé mis labios sobre los suyos un instante eterno, ganándome unas marcas de rouge.

– ¡Te dije! No te acerques. Ves, ahora con los labios pintados pareces gay -sonrió- ¡Te queda bastante bien! Azuzó divertida.

¿Cuándo volveré a verte?, pregunté.

– ¡Descalzo! Se horrorizó al ver mis pies desnudos sobre el piso de baldosas.

– Es para acostumbrarme al frío de tu partida…, poetice.

– No me vengas con esas cosas… tenes que cambiar las sábanas, las dejaste hechas un asco, ironizó.

– No, las sábanas quedarán ahí porque esta noche me volveré a acostar contigo, con tu perfume, tu sudor y esas manchas húmedas que sueles dejar…

– ¿Yo? -fingió asombro- Yo no dejé nada. En todo caso será tuyo. A mi no me sale eso… Además, tendrás que cambiarlas para que la que venga a la noche no se dé cuenta que estuviste con otra. Las mujeres nos damos cuenta de esos detalles, te lo advierto.

– A la noche, cuando apago la luz, sólo vos estás conmigo.

– ¡Qué pelotudo importante que sos mi amor!

– ¡Ah, lo estoy logrando!, te animaste a decirme mi amor, por primera vez…

– Ya es tardísimo y no quiero tener quilombos en casa…, lamentó mientras revisaba su teléfono.

– Cuando digas…

– Me voy.

Volvió a mirarme con ese aire melancólico que por momento afloraba en ella:

– El viernes estaría lindo pero es un día tan complicado… ¿el jueves, me esperarías?

– Sabes que sí.

– Igual, te aviso antes. Así me tratas de conquistar con un budín de frutas mal hecho y un café insípido.

– Hay budines y cafés mucho mejores en cualquier esquina. Esos los tendrás cuando quieras. Lo que nunca podrás tener ahí afuera, es ser considerada como la hembra más maravillosa que hayan visto mis ojos.

– Viste que estás raro hoy, dijo mientras me dedicaba su sonrisa más pícara y hermosa.

– Te lo dije, no te vayas a enamorar de mi, insistí.

Acarició mi mejilla con dulzura. Sus labios temblaron al abrirse pero se contuvo. Giró sin decir nada y se encaminó hasta la puerta. La seguí. Antes de abrir, me dio un beso en la mejilla y apretó muy fuerte mi mano:

– El jueves…. ¿sí?

Asentí con la cabeza. La vi subir a su coche y ponerse en marcha. Al pasar frente a mi puerta me sopló un beso intenso. Sus ojos habían vuelto a estar brillantes.

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