Violencia de género

Di no.

Violencia de género

En el barrio suburbano de Montevideo, donde viví mi niñez y adolescencia, el hecho de pegarle a una mujer en público era sinónimo de cobardía. Sin embargo, los hombres tenían la prerrogativa de pegarle a la mujer sin el más mínimo desmedro de su condición varonil siempre y cuando fuera dentro de los límites del hogar. Pegarle, maltratarla y descalificarla era considerado como un acto privado de la pareja. La violencia hacia la mujer era un acto íntimo, situado en el mismo nivel del sexo marital o la composición del guiso del mediodía donde terceros no tenían voz ni voto. Lo paradójico, era que esa violencia solapada era aceptada y al mismo tiempo negada por la sociedad barrial. Las mujeres cuchicheaban con sorna en el almacén sobre los golpes recibidos por una ausente y los hombres se reunían alrededor del golpeador y de una ginebra para hablar de fútbol. Este fresco barrial montevideano es representativo de la manera dual que asume nuestra sociedad la violencia de género.

Lo bueno, lo malo y lo feo

Lo positivo, es que existe una tendencia de cambio de esa situación dentro de la sociedad. Desde mediados del siglo pasado se registra un crecimiento sostenido de las reivindicaciones femeninas. En los últimos diez años las redes sociales han contribuido de manera notable a esa tendencia dando visibilidad a las desventuras de la condición femenina en la sociedad actual. Lo malo, según mi punto de vista, es que un sector bastante extendido de las mujeres considera que creando un andamiaje de leyes, organismos y estructuras gubernamentales, policiales y civiles se estaría dando solución al flagelo de la violencia de género. Lo feo, es que no existe una conciencia de género que permita señalar y aislar a los sujetos proclives a ejercer violencia sobre las mujeres.

No veo, no escucho, no hablo

En ese sentido, resulta patético ver a mamás en la puerta de los colegios saludando sonrientes, y muchas veces entablando animadas conversaciones, con papás reconocidos maltratadores de sus esposas e hijos. Ellas saben que, aunque las víctimas no lo expresen, los habituales moretones y actitud triste de esa mujer o alteraciones en la conducta de los niños, son debidos al clima de violencia hogareña. Sin embargo, hasta ahora se han mostrado incapaces y desinteresadas de emprender una acción conjunta efectiva contra esos sujetos. No han sabido superar sus propios miedos, limitaciones y condicionamiento social para aislar y señalar a los hombres maltratadores. Idéntica situación se repite en los distintos ámbitos de la vida social, laborales, familiares y de esparcimiento.

Veinte años no es nada

No hace falta un nuevo andamiaje legal o crear costosas e ineficientes estructuras gubernamentales. Se podría innovar con dos o tres leyes puntuales y exigir el cumplimiento estricto de las normas y leyes actuales. Eso en lo inmediato, aunque la solución efectiva podría demorar unos 20 años. Educar a sus hijos varones en el respeto de la condición femenina no parece estar entre sus planes. Dentro de 20 años, cuando sus niños sean maridos, novios, amantes o relacionados de alguna manera con una mujer, deberían ya haber aprendido a considerarlas de la misma manera que a ustedes les gustaría hoy ser consideradas por sus varones. Ustedes, las mujeres, llevan la carga de la educación de los niños y conviven con ellos la mayor parte del tiempo. Su influencia y pautas educativas serán primordiales para enseñarles a sus niños el respeto hacia la mujer, sea maestra, abuela, vecina, compañerita de sala o grado, novia, amante, etc.. Creo que esa es la gran llave para cambiar a los violentos.

Pobrecito el nene

Sé que todas dirán que sí, que educan a sus hijos de esa manera. Sin embargo en la vida real hacen todo lo contrario. Sus niños ya tienen la mayoría de las actitudes y costumbres que ustedes deploran en los varones adultos. “Pobrecito el nene” dicen, mientras el nene se comporta como un pequeño dictador y usted actúa como una sirvienta solícita de todos sus caprichos. El “nene” se hace servir la mesa, no levanta ni lava los platos, no ayuda a cocinar ni limpiar y considera que expresar un deseo es sinónimo de orden inapelable. Lo mismo que usted le reprocha a su pareja tolera de buen grado en ese varón pequeño.

Cambiando a los varones

Es prioritaria la formulación de una conciencia de género para comenzar a señalar y aislar a los violentos. Mamás, retírenle el saludo al hombre golpeador. Apártense de él, señálenlo, háganlo ustedes por esa mujer que bajo su influencia es incapaz de denunciarlo. Exijan que el colegio denuncie las evidencias o hechos de maltrato en los niños y madres. Denuncien ustedes cuando detecten violencia en la casa de al lado. Formen redes de contención para las mujeres víctimas. Ustedes saben lo difícil que es tener que regresar al hogar, por la sola razón de no tener dónde ir y mantenerse. Quizás hayan visto en los ojos de una madre el miedo y resignación de tener que regresar a una casa donde es maltratada. ¿Qué hicieron entonces?

Los maltratadores no son amorosos

Por más amoroso y fantástico que sea ese hombre que las desvela, si detectan atisbos de maltrato mándelo a la mierda. Tengamos presente que existen mujeres que han sido educadas en la obediencia y tolerancia a los excesos del varón. Traten de superar esas limitaciones y pidan ayuda.

El círculo de baba

Una leyenda nos cuenta cómo los cervantillos (ciervos a poco de nacer) derrotan a las víboras haciendo alrededor de ellas un círculo de baba. La víbora no puede salir del círculo y muere. La educación de sus varones en el cotidiano respeto de la mujer es algo tan sutil como ese círculo de baba de los ciervos. Aprenda a decir que no a un capricho y sabrá decir que no a un abusador. De lo contrario, nada cambiará.

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